Diecinueve días ya han pasado, desde aquel día, sin duda le quedó marcado, tal como la cicatriz que tiene en su dedo. Se tiró en el pasto, momentos antes su lugar fue ocupado por un conejo, perdón, una liebre, esos animalitos siempre prevenidos contra los hambrientos seres que intentan devorarlos. En fin, había hecho una pequeña caminata hacia un cerrito, hace tiempo que no veía un atardecer, tenía ganas de ver uno, le hubiese gustado estar acompañado, por último de un amigo, o hasta de su grandote gato. Pero no, este día había quedado solo. Estaba un poco angustiado, con pena, pero no creo que halla sido una mala pena, antes de salir a caminar había visto una de sus películas favoritas, y para variar le dio pena, lloró un poco, en realidad que humillante que un hombre llore por películas, menos mal que casi nadie lo sabe. Puso sus brazos en su cabeza, se acostó y voló. . ¿Cuánta gente observara la belleza que nos rodea diariamente?, es más, ¿Cuánta gente dará gracias a Dios diariamente por tener un lugar en el que vivir?, o ¿Cuánta gente notará realmente las grandiosas cosas que se nos han dado? Aire, tierra, pasto, cosas fugaces, sin sentimiento o valor otorgado, pero que están ahí, siempre lo acompañan, esté enojado o feliz, cansado o enérgico, si tan solo pudieran hablar, un poco raro si, deberían ser buenos amigos. Que estúpido, pensó, ahora volvía un poco en si, la mente humana, una fábrica de sueños, pero de sueños se construye la vida. Le llego el recuerdo del día aquel, se recordó gracias a la primera estrella que se asomaba en el cielo, Júpiter, grandioso planeta que le gustaría conocer. En fin, el día que recibió aquel llamado, Júpiter estaba justo arriba de tres robles que habían sido plantados continuamente. “Robles”, árboles fuertes que no sufren ni caen. ¿Él que era? El no quería ser nada, solo polvo, para ver la vida de otra forma, de esas que nadie toma en cuenta, que si, solo el polvo, puede ver.
lunes, 12 de enero de 2009
Si es que terminamos la historia
Diecinueve días ya han pasado, desde aquel día, sin duda le quedó marcado, tal como la cicatriz que tiene en su dedo. Se tiró en el pasto, momentos antes su lugar fue ocupado por un conejo, perdón, una liebre, esos animalitos siempre prevenidos contra los hambrientos seres que intentan devorarlos. En fin, había hecho una pequeña caminata hacia un cerrito, hace tiempo que no veía un atardecer, tenía ganas de ver uno, le hubiese gustado estar acompañado, por último de un amigo, o hasta de su grandote gato. Pero no, este día había quedado solo. Estaba un poco angustiado, con pena, pero no creo que halla sido una mala pena, antes de salir a caminar había visto una de sus películas favoritas, y para variar le dio pena, lloró un poco, en realidad que humillante que un hombre llore por películas, menos mal que casi nadie lo sabe. Puso sus brazos en su cabeza, se acostó y voló. . ¿Cuánta gente observara la belleza que nos rodea diariamente?, es más, ¿Cuánta gente dará gracias a Dios diariamente por tener un lugar en el que vivir?, o ¿Cuánta gente notará realmente las grandiosas cosas que se nos han dado? Aire, tierra, pasto, cosas fugaces, sin sentimiento o valor otorgado, pero que están ahí, siempre lo acompañan, esté enojado o feliz, cansado o enérgico, si tan solo pudieran hablar, un poco raro si, deberían ser buenos amigos. Que estúpido, pensó, ahora volvía un poco en si, la mente humana, una fábrica de sueños, pero de sueños se construye la vida. Le llego el recuerdo del día aquel, se recordó gracias a la primera estrella que se asomaba en el cielo, Júpiter, grandioso planeta que le gustaría conocer. En fin, el día que recibió aquel llamado, Júpiter estaba justo arriba de tres robles que habían sido plantados continuamente. “Robles”, árboles fuertes que no sufren ni caen. ¿Él que era? El no quería ser nada, solo polvo, para ver la vida de otra forma, de esas que nadie toma en cuenta, que si, solo el polvo, puede ver.
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